Dejen que los libres de pecado coman comida de vigilia en viernes santo. Los que no hemos hecho otra cosa más que pecar, un día a la vez, fervorosamente, podríamos mejor mantenernos alejados de esa tradición. En su lugar, un buen corte de carne podría ser una forma más precisa de conmemorar la fecha; mientras los piadosos se arrepienten y se purifican, nosotros, los que ya no podemos caer en el pecado porque nunca hemos salido de él, podríamos tomarnos ese día para honrar nuestra eterna perdición.
Así como es tramposo levantarse a comulgar en misa cuando nosotros mismos sabemos que ni siquiera dijimos una palabra de confesión y no cumplimos con ni una oración de penitencia, igual resulta sentarnos en una mesa a limitarnos a sólo comer comida de vigilia, o lo más cercano que tengamos, cuando probablemente no han pasado ni veinticuatro horas desde nuestro último pecado.
Evitar a toda costa, como último recurso ante la temporada anual de muerte y resurrección de Cristo, comer carne, suele ser la forma más fácil de sentirnos satisfechos con nuestra conducta espiritual, aunque al sentarnos a comer, estemos arrastrando todo un año de pecado, desde nuestro último viernes santo. La recomendación de la iglesia seguramente sería que hiciéramos todo lo posible por no sentarnos en esas mesas de cuaresma con esos pecados en las manos. Aquéllos con la posibilidad de lograrlo, adelante; espero que la próxima temporada estén sentados a la mesa a tiempo, listos y lavados.
Por otro lado, los que no podemos respirar sin pecar, podríamos dejar de jugar al ritual hueco. En su lugar, podríamos despertar este viernes santo con el objetivo de comprar el mejor corte de carne que habremos de comprar en el año, para después sazonarlo y cocinarlo a fuego lento, mientras recordamos, uno a uno, todos los pecados que hemos cometido últimamente, esos que nos han matado y resucitado una y otra vez, día tras día.