Nunca aprendí a utilizar correctamente los significados de palabras
como fotografía, edición o lenguaje; nunca vi todos los clásicos que cualquier
cinéfilo atesora; nunca recordé todos los datos históricos de la cultura
cinematográfica que son necesarios para autodenominarse experto en cine. Después de muchos años de creer que algún día
alcanzaría un nivel de dominio suficiente para analizar el cine como los
profesionales, terminé por resignarme a sólo ver películas, sin ser experta,
sin saber nada de ellas en realidad.
Cuando el interés por el cine no viene de la buena educación
y el nivel cultural privilegiado, viene de carencias existenciales probablemente
imposibles de subsanar en la vida diaria.
En ese caso, no se puede saber si una película es buena o mala, si está
bien hecha o no, si es sobresaliente o mediocre; sólo se puede saber si nos
acercó a lo que no tenemos. Esa relación
con el cine, a veces terapéutica, a veces sanadora y la mayoría de las veces
paliativa, nos vuelve espectadores sedientos de historias y sensaciones y nada
más. Somos ciegos ante los detalles
técnicos y artísticos.
Mientras quiera casi todo y no lo tenga, muchas películas van
a seguir desfilando frente a mí. Algunas
películas me acercarán a lo que no tengo, otras le pondrán palabras más
sencillas a lo que no entiendo; pero sólo unas cuantas lograrán lo que quizá,
en un principio, cautivó a los primeros espectadores del cine: sacarnos de
nosotros mismos por un momento para llevarnos a ser alguien más, allá donde
bien podríamos estar, ahí de donde mejor deberíamos de ser.
Películas así son las que se suelen adueñar de nuestra mente durante
días, días en los cuales no se termina de incorporar lo que esa historia
intentó contar. Al final, no tenemos más
remedio que despedirnos de ellas pero no sin antes hacer una nota al respecto,
mental o escrita, una marca más que como cinéfilos carentes llevaremos en
nosotros de ahí en adelante.
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