miércoles, 8 de agosto de 2012

Cinéfila Carente



Nunca aprendí a utilizar correctamente los significados de palabras como fotografía, edición o lenguaje; nunca vi todos los clásicos que cualquier cinéfilo atesora; nunca recordé todos los datos históricos de la cultura cinematográfica que son necesarios para autodenominarse experto en cine.  Después de muchos años de creer que algún día alcanzaría un nivel de dominio suficiente para analizar el cine como los profesionales, terminé por resignarme a sólo ver películas, sin ser experta, sin saber nada de ellas en realidad.
Cuando el interés por el cine no viene de la buena educación y el nivel cultural privilegiado, viene de carencias existenciales probablemente imposibles de subsanar en la vida diaria.  En ese caso, no se puede saber si una película es buena o mala, si está bien hecha o no, si es sobresaliente o mediocre; sólo se puede saber si nos acercó a lo que no tenemos.  Esa relación con el cine, a veces terapéutica, a veces sanadora y la mayoría de las veces paliativa, nos vuelve espectadores sedientos de historias y sensaciones y nada más.  Somos ciegos ante los detalles técnicos y artísticos.
Mientras quiera casi todo y no lo tenga, muchas películas van a seguir desfilando frente a mí.  Algunas películas me acercarán a lo que no tengo, otras le pondrán palabras más sencillas a lo que no entiendo; pero sólo unas cuantas lograrán lo que quizá, en un principio, cautivó a los primeros espectadores del cine: sacarnos de nosotros mismos por un momento para llevarnos a ser alguien más, allá donde bien podríamos estar, ahí de donde mejor deberíamos de ser. 
Películas así son las que se suelen adueñar de nuestra mente durante días, días en los cuales no se termina de incorporar lo que esa historia intentó contar.  Al final, no tenemos más remedio que despedirnos de ellas pero no sin antes hacer una nota al respecto, mental o escrita, una marca más que como cinéfilos carentes llevaremos en nosotros de ahí en adelante.

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