viernes, 26 de octubre de 2012

También de innovación muere el hombre.


“Si el mundo entero se hubiera tapado los oídos cuando sonó el primer fonógrafo, el fonógrafo no existiría. Su buen éxito se debe, en gran parte, a la amusicalidad de muchos millones de oídos”. 
Martín Luis Guzmán


La ridícula película francesa que vi hace días fue superada por un cortometraje mexicano que resultó más ridículo aún. Pero lo más ridículo de ir al cine ese viernes en la noche fue el cine, el lugar por sí solo; la experiencia sin complicaciones de comprar un boleto para ver una película y entrar a una sala oscura para descubrirla se ha perdido para siempre.

Sólo el ser humano es capaz de innovar lo que ya se había innovado lo suficiente para que funcionara de forma aceptable. El resultado de la innovación infinita es terminar por convertir en un inútil fracaso todo o lo poco ganado hasta ese momento por la civilización. Lo que vi en el cine ese viernes después de las nueve y media de la noche fue un explícito ejemplo de eso. Quizá no siempre era perfecto, pero ir al cine lo más tarde en la noche para evitar filas y aglomeraciones funcionaba bastante bien. Así fue hasta que una de las pocas cadenas de cine de este país decidió recientemente que era hora de que los boletos del cine fueran como los boletos de los conciertos numerados o, mejor aún, como los boletos de sus salas para gente muy importante; de ahora en adelante, todos los clientes, hasta los que van no van con tanto dinero como sus clientes muy importantes, podrán elegir la butaca en la que sentarán a ver su película ANTES de entrar a la sala. De esta forma, creen, la experiencia de ir al cine será mejor que antes.

Estoy segura de que no fue así para la mayoría de los que fuimos sorprendidos con su nueva forma de vendernos cine. El resultado de la innovación fue una fila inesperada y preocupante, sobretodo para los que calcularon que comprar sus boletos no les tomaría más de tres minutos y que por lo tanto no previeron la necesidad de llegar con más tiempo de anticipación. La sencillez de acercarse a la taquilla y pedir dos boletos para una película sin tener que dar o recibir mayor explicación fue sustituida por la siempre lenta complicación de tener que elegir algo entre una cantidad de opciones que amenazan con convertirse en arrepentimiento si no las elegimos bien. El desconcierto no terminó ahí, continuó en la sala. Conforme se fue llenando, todos nos dimos cuenta, incómodamente, de que habíamos elegido los asientos más cercanos al centro posibles, convirtiendo una simple función concurrida en una sala con mucha gente que se sentó una a lado de la otra, de arriba para abajo, sin ningún espacio entre las parejas, los grupos de amigos o las personas que iban solas. Era ridículo ver esa masa humana sin la opción de buscar una forma más cómoda de estar ahí porque la libertad de cambiar de opinión en el último minuto la habíamos perdido al elegir, en la taquilla, el supuesto mejor lugar para sentarse a ver esa película.  

Ir al cine ha dejado de ser la experiencia incierta que solía ser; la única certeza con la que teníamos que llegar era el nombre de la película que queríamos ver, lo demás, hasta el lugar en la sala que encontraríamos para verla, se resolvía sobre lo que el azar nos tenía preparado para esa día. Ahora, esta sociedad obsesionada con eliminar todo lo impredecible cree que es buena idea resolver el problema del lugar desde el inicio; de esta forma, terminamos eligiendo dónde sentarnos movidos más por la prisa de dejar la taquilla que por cualquier otro factor de peso (como la cercanía a los extraños y la comodidad de la butaca). El resultado es ridículo para los que disfrutábamos de esa incertidumbre y del reto de encontrar el mejor lugar posible al momento de entrar a la sala. La innovación de elegir nuestro lugar desde la taquilla nos asegura que terminaremos rodeados por todas partes, sin la posibilidad de cambiarnos de lugar cuando nos demos cuenta de que la pareja que eligió estar a nuestro lado entra a la sala con un bebé que nada tiene qué hacer en una muestra de cine francés.  Tanta innovación que termina por estorbar nos hace extrañar lo impredecible.


miércoles, 3 de octubre de 2012

Nada es más frágil que lo que construimos con esfuerzo.


“I didn't want to be somebody's husband and I didn't want to be somebody's dad, that wasn't my goal in life. But somehow it was. I work so I can do that”.
Dean

La rutina de una pareja con hijos es tan pesada que salir de ahí se percibe imposible. No hay otra posibilidad para días así cuando nuestra posición es central y mantiene el funcionamiento de la máquina familiar.  Los niños tienen que ir a la escuela, la renta se tiene que pagar, el trabajo se tiene que conservar, el sustento para cuatro se tiene que asegurar. 

Percibimos que los ejes de nuestro sistema doméstico se vuelven más fuertes con el paso del tiempo hasta que llega un momento en el que estamos seguros de que no habrá nada, o casi nada, que pueda llegar a movernos de donde estamos. Es así hasta que el más pequeño de los acontecimientos nos muestra la verdadera estructura de nuestra vida familiar; la rutina doméstica no es un sistema, es una torre de circunstancias que fuimos apilando, una sobre otra, a falta de opciones. Hubo un embarazo, le pusimos encima un matrimonio. Hubo necesidad de dinero, le pusimos encima el primer trabajo que encontramos. Hubo inestabilidad en la relación, le pusimos encima otro hijo para darle peso a lo que lo perdía. Hubo tiempo qué sacrificar, le pusimos encima nuestra resignación a dedicarle todo el que teníamos. Sólo hace falta que una de esas circunstancias cambie o se elimine para que el resto se mueva y nuestra torre que llamamos vida en pareja termine sin forma en el piso.

Con la relación desgastada por la rutina, Michelle Williams y Ryan Gosling, en Triste San Valentín, llegan a ese día en el que poco queda del enamoramiento que los unió en un principio. Esa falta de fuerza se compensa con el quehacer y los deberes, manteniendo unidos los elementos de la historia en la que se embarcaron años atrás, bajo la más imprevista de las circunstancias. Nada parece ser capaz de romper el ritmo con el que avanza la trama, a pesar de que es fácil percibir que algo está colgando de un hilo y que las interacciones de los personajes entre recuerdos y analepsias son cada vez menos armónicas. La historia se pinta de un color al que llegaremos sin saber cómo; al repasar cada uno de los sucesos en retrospectiva, encontraremos que sólo hizo falta un pequeño desequilibro el perro extraviado, tal vez para comenzar a derrumbar lo que parecía perpetuo.     

Nombre: Triste San Valentín (Blue Valentine)
Año: 2010
Director: Derek Cianfrance
Reparto: Ryan Gosling, Michelle Williams y John Doman.
Estreno en México: Marzo de 2011