jueves, 25 de julio de 2013

Terminar por amar al perro

Los perros amados no son casualidad. Nadie ama a un perro sólo porque sí, porque ahí estaba o porque así tiene que ser. El amor hacia un perro, de ese amor que nos hace parecer locos ante los demás, puede ser, entre otras cosas, el resultado de aprender cuánto duele la vida.

Dime cómo llegó un perro a tu vida y te diré cuánto lo amas. Para algunos un perro es el animal que estaba en el patio de la casa que recuerdan desde que tienen memoria, ya estaba ahí cuando llegaron y probablemente siguió ahí cuando se fueron. Claro que hay amor en esa historia, pero sin duda es un amor muy diferente al que se siente cuando es el perro el que llega mientras nosotros ya estábamos ahí. Este último es otro nivel y puede ser el caso de alguien que decide comprar o adoptar uno, o lo recibe de regalo, o decide cuidarlo cuando ya nadie más le presta atención. Las posibilidades son muchas. En estos casos el perro entra a nuestra vida y ocupa un buen lugar ahí. En el mejor de los escenarios ya no pasa toda su vida solo en el patio. Lo queremos, claro que lo queremos, porque fuimos nosotros los que quisimos que estuviera ahí.

Pero hay un nivel más, el que se alcanza cuando el perro llega en esos momentos en los que la vida duele mucho. A veces llega sin que nosotros hayamos hecho mucho para que fuera así; lo encontramos de pronto a nuestro lado por consecuencia de alguna incomprensible circunstancia, nos quedamos con él porque esos días resultan tan complicados y dolorosos que es imposible tomar cualquier clase de decisión. Pasa el tiempo y nos damos cuenta de todo lo que tuvo, o no, que suceder para que ese animal haya entrado a nuestra vida justo en ese día. Algo de más o algo de menos y la historia hubiera sido diferente, como pasa en todas las historias que cambian vidas. Y eso es lo que sigue, nos cambia la vida. No importa cómo haya llegado, si lo decidimos nosotros o el que se fue, si lo compramos o lo adoptamos en un momento de inspiración, si lo aceptamos porque no le quedaba más remedio a nadie; si el perro llegó en ese tiempo en el que descubrimos que la vida también duele, lo que sentiremos hacia él seguramente será el amor más difícil de explicar que hayamos sentido y nos hará ir más allá de lo que alguna vez imaginamos hacer por un perro. Lo cuidaremos, le daremos un lugar irremplazable, lo haremos parte de lo que somos; no nos quedará otra opción que terminar por amar a ese perro.

Y también ahí terminará todo; dejaremos de buscar lo que ya no está, detendremos ese vaivén entre una inestabilidad y otra, acabaremos de entender mucho de lo que nos duele. No nos hará falta más que poner a un perro justo en el centro del caos para entender que el equilibrio no es cosa de humanos y sí de perros. Donde ahora hay un perro amado, hubo antes un ser humano que aprendió del dolor y de todo lo demás.