jueves, 13 de septiembre de 2012

Somos a lo que nos aferramos.


“What is wrong is wrong, no matter who said it or where it's written”. Nader

Aún cuando la vida nos suele mantener constantemente cediendo y negociando, algunas luchas van a terminar por descubrir en el fondo de nosotros algo que no nos permitiremos soltar; aceptaremos perderlo todo pero eso nos lo llevaremos hasta el final. Identidad, sentido de vida, meta, religión, familia, costumbres, deber ser; cualquier nombre que elijamos para denominar a lo que nos aferraremos sin condición servirá para enfrentar a la vida sujetándonos a esa razón con todo el cuerpo. Cuando la tormenta llegue, no nos moveremos de nuestro lugar porque tendremos un poste al que nos amarraremos.

Pero cuando la vida no se trata de resistir tormentas y sí se trata de tomar decisiones que determinarán lo que viene, ese apego o lazo o como queramos llamarlo no nos mantiene, nos dirige. Eso que no permitiremos que nos arranquen nos llevará al final de algún episodio, a la solución de algún problema o a desatar la tragedia y el desastre por venir. Todos tenemos un timón para movernos entre las únicas posibilidades que realmente tendremos a lo largo de la vida; soltar o no soltar, dejar o no dejar, ceder o no ceder. Lo demás sólo será un resultado, una consecuencia, un efecto de eso a lo que en cierto momento nos aferramos y que marcó el rumbo de nuestro camino. La fuerza de esa dirección estará en la culpa. Si no soltamos habrá culpa, si soltamos también. La culpa que se engendra al tomar decisiones es lo que finalmente mueve al mundo.

En Una separación una culpa tapa otra, sólo para dejar espacio a una aún más grande. Con cada nueva acción, los personajes se convierten en piezas movidas por la culpa en un tablero en donde ninguno pisará un lugar que no le corresponde. Unos se aferrarán al negro, otros al blanco y muy pocos negociarán con la posibilidad de que sea diferente. Al final, las piezas se habrán movido y se encontrarán al otro extremo del tablero pero sin la certeza de haber avanzado. Aunque la película plantea buena parte de sus dilemas desde la influencia que la religión tiene en los personajes, el factor del Islam podría ser sólo un juego para hacernos sentir que esas luchas están muy lejos de suceder en una sociedad occidental aparentemente tan libre. En el fondo de nuestra humanidad, por debajo de nuestras apariencias culturales, ninguno de nosotros está exento de una religión, una tradición, una meta o finalmente una culpa de la que no podemos soltarnos. El chador, el Corán, la pobreza y la ignorancia se diluyen a lo largo de la película para hacernos sentir tan cerca de alguna culpa que sólo nos hace abrazar con más fuerza aquello que cada uno sabe que no soltará.

Nombre: Una separación (Jodaeiye Nader az Simin)
Año: 2011
Director: Asghar Farhadi
Reparto: Peyman Moadi, Leila Hatami y Sareh Bayat.
Estreno en México: Abril de 2012


jueves, 23 de agosto de 2012

¿Qué culpa tiene el futuro de haberse equivocado?



“I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate. All those moments will be lost in time... like tears in rain... Time to die”. Batty.

Si el mundo está a unos cuantos años de su final, entonces es tiempo ya de ver nuestras manos y empezar a inventariar lo que nos queda en ellas, sin la ilusión de que más adelante habrá algo más con qué llenarlas.  No hay un futuro por venir, sólo un presente que no tiene hacia dónde más crecer y un pasado que comienza a devorarlo todo.
El final del tiempo también incluye el final del orden en el que lo entendíamos correr: el futuro deja de estar delante de nosotros y termina estando ya muy atrás. Qué lejos estamos de todo eso que imaginamos que pasaría. Quizá en algún momento nos acercamos pero nos volvimos a alejar sin darnos cuenta de que el futuro se convertía poco a poco en algo tan arcaico como el pasado. El futuro al que la humanidad aspiró ya fue o lo perdimos. Ahora el presente sólo es un tiempo que nunca habíamos contemplado.
Ese futuro era ciudades en el cielo pero es muy poco lo que nos hemos levantado del suelo; era tecnología infalible en cada esquina pero hay lugares donde resolvemos todo con palos y piedras; era humanos cómodos en su automatización pero aún somos mayorías confundidas. El futuro que ahora recordamos terminó siendo ridículo, como una ilusión desecha, como casi todo lo que en realidad no existe pero imaginamos. Es otra de las cosas en las que creemos y que se desvanecen conforme nos vamos acercando, como el agua falsa sobre la carretera. Por más apocalíptico o caótico, nada de lo que esperábamos se parece a esto con lo que nos vamos. Era imposible para el futuro acertar porque fuimos nosotros mismos los que lo imaginamos. El futuro nunca existió como tal.
Blade Runner, vista ahora, es una colección de errores sobre lo que alguna vez pensamos que pasaría con la humanidad. Dirigida en 1982, la historia gira alrededor de la posibilidad de haber ido demasiado lejos tecnológicamente, dando como resultado una generación de robots que se convierten en un problema para la humanidad del año 2019. La película muestra ciudades oscuras y frías, con tecnología filtrada en todos los estratos de la sociedad, incluso en los más bajos, y con seres que han aprendido a vivir en un futuro caótico. Aparentemente, ese futuro imaginado no se siente tan lejos de este presente que tal vez está por terminar, sin embargo a lo largo de la película no podemos evitar distinguir que nuestros verdaderos problemas son otros y que no somos como los que ahí vemos. Los robots ni siquiera tuvieron tiempo de llegar a arreglar nuestras vidas, la esencia de la tecnología tomó otro camino y un futuro así para nosotros ya sólo puede ser un recuerdo del pasado.  Ya no hay tiempo para ese futuro que se nos muestra ni para cualquier otro que nos atrevimos a imaginar. Este presente es lo más lejos que llegaremos.

Nombre: Blade Runner (Blade Runner)
Año: 1982
Director: Ridley Scott
Reparto: Harrison Ford, Rutger Hauer y Sean Young
Estreno en México: Noviembre de 1982




jueves, 16 de agosto de 2012

No hay lugar para la sorpresa cuando la humanidad ya lo sabe todo.


"According to my Uncle Seth, an accident like this is exceptionally rare."  Preston.

En una ciudad con una cartelera escasa, ir al cine es muchas veces un acto de resignación; terminamos por aceptar ver cualquier película sabiendo que no saldremos de esa sala sorprendidos. Quizá, con suerte, la música resulte atractiva, las actuaciones entretenidas o la historia agradable, pero será muy poco probable que la película logre llevarnos más lejos de lo que el cartel anuncia. Lo único de lo que sí estamos seguros al entrar a ver cualquiera de esas películas de estreno es que los efectos especiales, en caso de que los haya, serán perfectos; las explosiones, las armas, las batallas y las muertes serán idénticas a las de la realidad. 
De un tiempo para acá, las mejores y más impactantes escenas de cine son las que se ven más verdaderas. La película aclamada deja de ser sólo un producto de la ficción para convertirse en algo que también podríamos encontrar en un canal de noticias, en un documental o en las calles por las que caminamos. Cualquier historia es válida, el único requisito es darle el tratamiento realista adecuado. Si el director logra contarnos lo más inverosímil de la forma más veraz, el éxito cinematográfico estará garantizado. 
Siguiendo esta fórmula, el cine ha progresado y avanzado cada vez más hacia la realidad, dejando atrás lo improbable y, aún más, lo ingenuo. Todo puede ser más; más grande, más fuerte, más rápido, pero nunca más ingenuo. Es imposible retroceder en el camino que nos conduce a saberlo todo. Sin duda el cine ha ganado mucho siguiendo esa consigna, pero ha perdido lo que quizá a muchos nos atrajo de las salas de cine cuando apenas comenzábamos a entender qué era eso de ir al cine; la experiencia de sentarnos en una oscuridad que borraba todo menos la historia de la pantalla y dejarnos llevar sin saber hacia dónde, sin oponernos en lo absoluto a que todo podría pasar, realista o no, creíble o no. La ingenuidad de la edad, o quizá de los tiempos de una humanidad que aún no sabía lo que hoy sabe, nos permitía tener la sensación de haber sido sorprendidos, suficiente logro para querer regresar una vez más por otra película.
Sin saber si la intención de J.J. Abrams fue demostrar la importancia de la ingenuidad para un cine con magia, Súper 8 puede ser una sorpresa para los que, aún leyendo la sinopsis de la película, nunca imaginan que la historia también será contada desde el recuerdo de nosotros mismos en nuestros primeros cines viendo nuestras primeras películas. Ese recuerdo es requisito para poder disfrutar una película que, vista desde un nivel puramente narrativo o técnico, podría terminar por malinterpretarse como inverosímil o poco realista. La nostalgia por otros tiempos pasados no sólo está en el año en el que los personajes viven, 1979, también termina por estar en nosotros cuando, a lo largo de la película, añoramos cada vez más esos tiempos en los cuales ir al cine era más que realidad, ficción, ciencia o fantasía; era cuestión de sorpresa.

Nombre:  Súper 8 (Super 8)
Año:  2011
Director:  J.J. Abrams
Reparto:  Elle Fanning, AJ Michalka y Kyle Chandler.
Estreno en México:  Agosto de 2011






miércoles, 8 de agosto de 2012

Cinéfila Carente



Nunca aprendí a utilizar correctamente los significados de palabras como fotografía, edición o lenguaje; nunca vi todos los clásicos que cualquier cinéfilo atesora; nunca recordé todos los datos históricos de la cultura cinematográfica que son necesarios para autodenominarse experto en cine.  Después de muchos años de creer que algún día alcanzaría un nivel de dominio suficiente para analizar el cine como los profesionales, terminé por resignarme a sólo ver películas, sin ser experta, sin saber nada de ellas en realidad.
Cuando el interés por el cine no viene de la buena educación y el nivel cultural privilegiado, viene de carencias existenciales probablemente imposibles de subsanar en la vida diaria.  En ese caso, no se puede saber si una película es buena o mala, si está bien hecha o no, si es sobresaliente o mediocre; sólo se puede saber si nos acercó a lo que no tenemos.  Esa relación con el cine, a veces terapéutica, a veces sanadora y la mayoría de las veces paliativa, nos vuelve espectadores sedientos de historias y sensaciones y nada más.  Somos ciegos ante los detalles técnicos y artísticos.
Mientras quiera casi todo y no lo tenga, muchas películas van a seguir desfilando frente a mí.  Algunas películas me acercarán a lo que no tengo, otras le pondrán palabras más sencillas a lo que no entiendo; pero sólo unas cuantas lograrán lo que quizá, en un principio, cautivó a los primeros espectadores del cine: sacarnos de nosotros mismos por un momento para llevarnos a ser alguien más, allá donde bien podríamos estar, ahí de donde mejor deberíamos de ser. 
Películas así son las que se suelen adueñar de nuestra mente durante días, días en los cuales no se termina de incorporar lo que esa historia intentó contar.  Al final, no tenemos más remedio que despedirnos de ellas pero no sin antes hacer una nota al respecto, mental o escrita, una marca más que como cinéfilos carentes llevaremos en nosotros de ahí en adelante.

martes, 7 de agosto de 2012

Hagamos lo que hagamos, algún día nos estrellaremos contra la melancolía de esta existencia.


"Life is only on Earth, and not for long."  Justine.


Si la tristeza fuera un planeta, lo más reconfortante sería estar fuera de su órbita (o ella de la nuestra, como mejor lo entendiéramos). Así podríamos tolerar verla a lo lejos, ajena y externa a nuestra vida, sin necesidad de detenernos a pensar cómo reaccionar ante ese choque catastrófico, como suelen ser todos los choques entre planetas. Sí, existe, pero no hay por qué preocuparnos; nunca será un problema para nosotros.
Pero en caso de que la tristeza sí estuviera inevitablemente en nuestra órbita, muchas cosas empezarían a cambiar en cuanto no nos quedara duda de que el golpe es sólo cuestión de tiempo. Sería en esos momentos inverosímiles cuando veríamos que nuestras reconocidas formas cada minuto son más inútiles y menos racionales.  ¿Tener?  ¿Qué?  ¿Casarnos?  ¿Para qué?  ¿Ir?  ¿A dónde?  Ante ese colapso de costumbres, una por una, no nos quedaría más remedio que aceptar que nosotros los funcionales, los que tenemos, los que nos casamos, los que vamos, hemos dejado de funcionar. 
Esa tristeza que era mejor tenerla lejos estaría ya aquí.  Habríamos fracasado.  ¿Quién podría vivir en un mundo así?  Quizá sólo los que antes no funcionaban, quizá sólo los pocos y absurdos que padecían esa enfermedad que hasta entonces habíamos conocido como melancolía.
La historia de un planeta llamado Melancolía que se estrellará contra la Tierra, de una mujer inexplicablemente triste y con un sentimiento de desolación que sólo se vuelve más comprensible a medida en que el planeta se acerca, y de su hermana que lucha contra un miedo para el que nunca se preparó, son lo que se cuenta en Melancolía, una película de 2011, dirigida por Lars Von Trier .
A través de esos personajes y esas circunstancias, Melancolía avanza a un ritmo casi imperceptible pero constante, casi análogo al tránsito de los planetas en órbita, incluso cuando están por chocar unos contra otros.  Al final, lo único que alcanzamos a presenciar es un impacto, el de Melancolía contra la tierra, rodeado de una tristeza que no puede ser la misma para todos.


Nombre:  
Melancolía (Melancholia)
Año:  2011
Director:  Lars Von Trier                                                                     
Reparto:  Kirsten Dunst, Charlotte Gaisnbourg y Kiefer Sutherland.
Estreno en México:  Mayo de 2012





jueves, 5 de abril de 2012

Otro viernes santo

Dejen que los libres de pecado coman comida de vigilia en viernes santo.  Los que no hemos hecho otra cosa más que pecar, un día a la vez, fervorosamente, podríamos mejor mantenernos alejados de esa tradición.  En su lugar, un buen corte de carne podría ser una forma más precisa de conmemorar la fecha; mientras los piadosos se arrepienten y se purifican, nosotros, los que ya no podemos caer en el pecado porque nunca hemos salido de él, podríamos tomarnos ese día para honrar nuestra eterna perdición.

Así como es tramposo levantarse a comulgar en misa cuando nosotros mismos sabemos que ni siquiera dijimos una palabra de confesión y no cumplimos con ni una oración de penitencia, igual resulta sentarnos en una mesa a limitarnos a sólo comer comida de vigilia, o lo más cercano que tengamos, cuando probablemente no han pasado ni veinticuatro horas desde nuestro último pecado.

Evitar a toda costa, como último recurso ante la temporada anual de muerte y resurrección de Cristo, comer carne, suele ser la forma más fácil de sentirnos satisfechos con nuestra conducta espiritual, aunque al sentarnos a comer, estemos arrastrando todo un año de pecado, desde nuestro último viernes santo.  La recomendación de la iglesia seguramente sería que hiciéramos todo lo posible por no sentarnos en esas mesas de cuaresma con esos pecados en las manos.  Aquéllos con la posibilidad de lograrlo, adelante; espero que la próxima temporada estén sentados a la mesa a tiempo, listos y lavados. 

Por otro lado, los que no podemos respirar sin pecar, podríamos dejar de jugar al ritual hueco.  En su lugar, podríamos despertar este viernes santo con el objetivo de comprar el mejor corte de carne que habremos de comprar en el año, para después sazonarlo y cocinarlo a fuego lento, mientras recordamos, uno a uno, todos los pecados que hemos cometido últimamente, esos que nos han matado y resucitado una y otra vez, día tras día.