“Si el
mundo entero se hubiera tapado los oídos cuando sonó el primer fonógrafo, el
fonógrafo no existiría. Su buen éxito se debe, en gran parte, a la amusicalidad
de muchos millones de oídos”.
Martín
Luis Guzmán
La ridícula película francesa que vi hace días fue superada
por un cortometraje mexicano que resultó más ridículo aún. Pero lo más ridículo
de ir al cine ese viernes en la noche fue el cine, el lugar por sí solo; la
experiencia sin complicaciones de comprar un boleto para ver una película y entrar
a una sala oscura para descubrirla se ha perdido para siempre.
Sólo el ser humano es capaz de innovar lo que ya se había
innovado lo suficiente para que funcionara de forma aceptable. El resultado de
la innovación infinita es terminar por convertir en un inútil fracaso todo o lo
poco ganado hasta ese momento por la civilización. Lo que vi en el cine ese
viernes después de las nueve y media de la noche fue un explícito ejemplo de
eso. Quizá no siempre era perfecto, pero ir al cine lo más tarde en la noche
para evitar filas y aglomeraciones funcionaba bastante bien. Así fue hasta que
una de las pocas cadenas de cine de este país decidió recientemente que era
hora de que los boletos del cine fueran como los boletos de los conciertos
numerados o, mejor aún, como los boletos de sus salas para gente muy
importante; de ahora en adelante, todos los clientes, hasta los que van no van
con tanto dinero como sus clientes muy importantes, podrán elegir la butaca en
la que sentarán a ver su película ANTES de entrar a la sala. De esta forma,
creen, la experiencia de ir al cine será mejor que antes.
Estoy segura de que no fue así para la mayoría de los que
fuimos sorprendidos con su nueva forma de vendernos cine. El resultado de la
innovación fue una fila inesperada y preocupante, sobretodo para los que
calcularon que comprar sus boletos no les tomaría más de tres minutos y que por
lo tanto no previeron la necesidad de llegar con más tiempo de anticipación. La
sencillez de acercarse a la taquilla y pedir dos boletos para una película sin
tener que dar o recibir mayor explicación fue sustituida por la siempre lenta
complicación de tener que elegir algo entre una cantidad de opciones que
amenazan con convertirse en arrepentimiento si no las elegimos bien. El
desconcierto no terminó ahí, continuó en la sala. Conforme se fue llenando,
todos nos dimos cuenta, incómodamente, de que habíamos elegido los asientos más
cercanos al centro posibles, convirtiendo una simple función concurrida en una
sala con mucha gente que se sentó una a lado de la otra, de arriba para abajo,
sin ningún espacio entre las parejas, los grupos de amigos o las personas que
iban solas. Era ridículo ver esa masa humana sin la opción de buscar una forma
más cómoda de estar ahí porque la libertad de cambiar de opinión en el último
minuto la habíamos perdido al elegir, en la taquilla, el supuesto mejor lugar
para sentarse a ver esa película.
Ir al cine ha dejado de ser la experiencia incierta que solía
ser; la única certeza con la que teníamos que llegar era el nombre de la
película que queríamos ver, lo demás, hasta el lugar en la sala que
encontraríamos para verla, se resolvía sobre lo que el azar nos tenía preparado
para esa día. Ahora, esta sociedad obsesionada con eliminar todo lo
impredecible cree que es buena idea resolver el problema del lugar desde el
inicio; de esta forma, terminamos eligiendo dónde sentarnos movidos más por la
prisa de dejar la taquilla que por cualquier otro factor de peso (como la
cercanía a los extraños y la comodidad de la butaca). El resultado es ridículo
para los que disfrutábamos de esa incertidumbre y del reto de encontrar el
mejor lugar posible al momento de entrar a la sala. La innovación de elegir
nuestro lugar desde la taquilla nos asegura que terminaremos rodeados por todas
partes, sin la posibilidad de cambiarnos de lugar cuando nos demos cuenta de
que la pareja que eligió estar a nuestro lado entra a la sala con un bebé que
nada tiene qué hacer en una muestra de cine francés. Tanta innovación que termina por estorbar nos
hace extrañar lo impredecible.





